Los mamíferos marinos se han considerado durante mucho tiempo un caso cerrado en el estudio de la termorregulación. Según este razonamiento, la gruesa capa de grasa y los intercambiadores de calor a contracorriente hacen el mismo trabajo que la grasa parda en tierra, por lo que una proteína generadora de calor diseñada para el frío terrestre parecía innecesaria una vez que una especie se trasladaba de forma permanente al agua. Un estudio publicado en *Molecular Biology and Evolution* por Michael Gaudry, Martin Jastroch y sus colegas complica ese panorama. Resulta que las focas no son totalmente acuáticas como lo son las ballenas o los manatíes, y varias especies han conservado una versión funcional del mismo mecanismo de producción de calor que se encuentra en los pequeños mamíferos terrestres y en los bebés humanos. La clave está en que el hecho de que la proteína siga funcionando depende menos del lugar donde viva el animal que de lo grande que llegue a ser.
Por qué la termogénesis de la grasa parda en las focas pone en tela de juicio las viejas ideas sobre los mamíferos marinos
La proteína en el centro del estudio es la UCP1, que se encuentra en las mitocondrias del tejido adiposo pardo y permite generar calor directamente, sin tener que temblar. Esta termogénesis sin temblores está bien documentada en pequeños mamíferos terrestres y en los recién nacidos de muchas especies, incluidos los bebés humanos. Los linajes totalmente acuáticos, como las ballenas y las vacas marinas, perdieron por completo el gen UCP1 en algún momento de su historia evolutiva, lo que concuerda con la idea de que la alta conductividad térmica del agua favorece las estrategias de retención de calor frente a la producción de calor. Los grandes mamíferos terrestres, como los elefantes, los caballos y los cerdos, también lo perdieron; en su caso, probablemente porque el mero tamaño corporal ya limita la pérdida de calor. Lo que hacía de los pinnípedos una excepción interesante es que la mayoría de ellos, incluidas las focas, siguen teniendo una copia intacta del gen. La pregunta que quedaba por responder era si ese gen seguía teniendo alguna función.
Las crías de foca común conservan una proteína termogénica totalmente funcional
Para comprobar su función y no solo su presencia, los investigadores introdujeron variantes de la UCP1 de la foca en células de laboratorio y midieron el consumo de oxígeno en respuesta a un compuesto que se sabe que activa la proteína. La UCP1 de la foca común funcionó igual de bien que la proteína equivalente en ratones y hurones, lo que confirma que esta especie de pinnípedo más pequeño ha conservado un sistema termogénico totalmente operativo. Este hallazgo concuerda con las circunstancias de las primeras etapas de vida de la foca. Las crías de foca común pierden su pelaje natal protector antes de nacer y pasan más de la mitad de sus primeras semanas en el agua, todo un reto frente al frío para un animal que aún no puede contar con el aislamiento térmico ni la masa muscular de un adulto. La grasa parda funcional parece ser parte de la estrategia que les permite superar esa etapa.
Los elefantes marinos demuestran cómo un tamaño corporal extremo puede desactivar la termogénesis de la grasa parda
Los elefantes marinos cuentan una historia diferente. A pesar de tener el mismo gen, su versión de la UCP1 resultó estar defectuosa: las pruebas de laboratorio no mostraron ninguna respuesta termogénica, ni siquiera cuando los investigadores intentaron diferentes formas de sortear la mutación. Biológicamente, esto concuerda con cómo nacen los elefantes marinos: las crías nacen con unos 38 kilogramos, ganan casi 4 kilogramos al día y no se meten en el agua hasta después del destete, momento en el que ya cuentan con una reserva de grasa considerable. Puede que su mero tamaño sea el que les permita regular la temperatura, algo para lo que una cría de foca común todavía necesita grasa parda.
Qué nos aporta el patrón de peso al nacer en los mamíferos al entender la grasa parda
Los investigadores ampliaron la comparación más allá de las focas y analizaron el peso al nacer en distintas especies de mamíferos de las que se sabe que tienen el gen UCP1 intacto o defectuoso. Las especies con el gen inactivo solían tener, de media, un peso al nacer notablemente mayor, lo que refuerza la idea de que el tamaño corporal, y no el hábitat, es el factor que mejor predice si este sistema termogénico sobrevive evolutivamente. Este patrón no es absoluto. Algunos mamíferos pequeños con tasas metabólicas bajas, como los perezosos y los pangolines, también han perdido la función de la UCP1, lo que sugiere que la tasa metabólica y la dieta influyen junto con el tamaño. En conjunto, la comparación con las focas aporta un experimento natural claro a ese rompecabezas más amplio: dos especies muy emparentadas, una pequeña y termogénicamente activa, y otra enorme y termogénicamente inactiva.
¿Por qué la grasa parda sigue siendo importante para el Método Wim Hof?
Más allá de la genética de las focas, lo que este tipo de investigación pone de manifiesto es algo que el Método Wim Hof siempre ha situado en el centro: el cuerpo humano sigue teniendo este tejido generador de calor, una herencia que comparte con las crías de muchas otras especies, incluidas las focas. Los bebés humanos tienen mucha grasa parda precisamente porque aún no pueden temblar para mantenerse calientes, y aunque esa capacidad se va perdiendo con la edad, nunca desaparece del todo. Este es precisamente el margen que la exposición al frío y la respiración controlada pretenden reactivar: no se trata de un mecanismo abstracto, sino de una función biológica real, la misma que permite a una cría de foca sobrevivir sus primeros días fuera del agua.